martes, 14 de junio de 2016

Compartiendo diálogos conmigo mismo

EL TRONO DE LA POESÍA ESTÁ EN DIOS


Día tras día dejamos huella de lo vivido,
y de lo que nos resta por vivir.
Estamos llamados a ser camino,
pero tantas veces trotamos en el vicio,
que necesitamos un guía en nosotros.
No podemos prescindir del Creador,
somos parte de su existencia,
requerimos de su aliento,
demandamos su vaho para sentirnos vivos,
para hallarnos en su humilde gloria,
donde anidar nuestro cansancio,
y donde verter nuestros desconsuelos.

Dejemos las congojas
de nuestro espíritu enjaulado,
retornemos a ser de Dios
y no de los hombres,
reanudemos nuestro verso,
aquel que pregona la esperanza,
aquel que proclama la luz,
aquel que ensalza con júbilo la ternura,
pues todo se expande en la poesía,
en la música del alma,
pues, desde el interior, todo se reclina
al sustentarse en el limbo de la verdad.

Vuelva el corazón a latir,
avive la voluntad de Dios en mí,
reunámonos para cimentar nuestra memoria,
la de ser hijos del verbo en la noria
de las cursos, la de ser parte del tiempo
con su armónico horizonte,
la de ser cielo más que tierra,
pues en ésta, todo se entierra y oscurece.
Auxílianos Señor en nuestras miserias,
haznos valientes y valedores,
yo sólo espero que me llames,
que lo hagas por mi nombre en tu nombre.

Sé que todo fenece, salvo el amor del Padre.
Sé que todo pasa, salvo tú, Jesús de todos.
Sé que sin la Trinidad, no soy nada ni nadie.
Por eso, os busco y rebusco en cada esquina.
Y en cada esquina, elevo la mirada al celeste.
Deseo abrazaros y entregaros mis penas,
me faltan fuerzas, daos prisa en socorrerme,
pues soy tan débil como una flor
y tan necio que a veces no os escucho.
Perdonadme con vuestra clemencia,
pues aunque mortal soy, sabed que quise
ser vuestro eterno caminante de poemas.


Víctor Corcoba Herrero

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