jueves, 8 de noviembre de 2012

Contracolumna


LA MALDITA VECINDAD 

Por José Martínez M.
México, D. F., a 7 de noviembre de 2012.- Como suele ocurrir cada cuatro años, las miradas del mundo se centran en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. La explicación puede resultar ociosa, se trata del país más poderoso de la Tierra y de una u otra manera a determinados países les pueden resultar alteradas sus relaciones bilaterales, aunque la política exterior estadounidense es muy pragmática sea republicano o demócrata el presidente en turno. No obstante existe la percepción de que los republicanos son más belicistas que los demócratas, a pesar de que a éstos últimos les ha tocado lidiar con el mayor número de conflictos armados, con excepción de los Bush, quienes encabezaron dos de las más sanguinarias batallas en el Medio Oriente y que llevó a su nación a sufrir el mayor atentado terrorista en la historia.

En el caso de México, la situación ha sido una historia de agravios.

México nunca ha ocupado la más mínima atención en las campañas presidenciales de los Estados Unidos, aunque ahora los candidatos saben que el voto latino –en especial de los mexicanos por representar el mayor número de electores hispanos– es importante y por lo tanto significativo, sin considerar que el voto de los inmigrantes representa entre el 7 y 9 por ciento de los 135 millones de ciudadanos registrados en el padrón electoral.

En mayor proporción durante las campañas los votantes latinos se inclinaron por las propuestas de Barack Obama, por sus medidas en materia de seguridad social, la promesa de una reforma migratoria y la reducción de impuestos, pero más allá de las ofertas populistas –de uno y otro candidato– y de quien ocupe la Casa Blanca la relación con México seguirá igual. Nuestro país no está en la agenda de las prioridades políticas de Estados Unidos. Esa es nuestra realidad y lo ha sido toda la vida, por eso Porfirio Díaz acuñó la famosa frase de "¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos".

La política de buena vecindad ha sido un reclamo constante, lo podemos ver todos los días en el trato a los inmigrantes y en la política del combate a las drogas, México a pagado una alta cuota de sangre, con más de 65 mil muertos y el tráfico de armas y la demanda de drogas continúa.

A pesar de que México es una pieza clave para la seguridad de Estados Unidos el trato ha siempre injusto, no obstante que Estados Unidos y México comparten una frontera de 3,152 kilómetros, –por tanto una de las más grandes del mundo– y las asimetrías entre ambos países son determinantes, pues cada cual tiene una historia y una cultura diferentes. Sin embargo, los intereses geopolíticos de Estados Unidos contrastan con el trato que se dispensa a nuestro país, al considerar al territorio mexicano como su patio trasero.

México desde siempre ha sido tomado como un rico botín, recordemos la separación de Texas en 1836 que representó el antecedente de la invasión y de la guerra contra Estados Unidos en 1847, situación que ocasionaría la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. Ya antes el primer embajador de Estados Unidos en México, Joel R. Poinsett, había ofrecido cinco millones de dólares por el territorio de Texas el 25 de agosto de 1829. La propuesta fue rechazada y, al año siguiente, se decretó una ley de colonización que prohibía la entrada de colonos norteamericanos. No obstante, el avance continuó con el apoyo del gobierno norteamericano hasta lograr la independencia de Texas y, posteriormente, su incorporación.

De acuerdo a datos de los historiadores el 1 de marzo de 1836 Texas proclamó su independencia definitiva de México y nombró Presidente a David G. Burnett y vicepresidente a Lorenzo de Zavala.

Tras estos triunfos Santa Anna fue detrás de Samuel Houston; sin embargo, la fatiga que dominaba a los soldados mexicanos precipitó su derrota: las fuerzas estadounidenses los sorprendieron cuando descansaban sobre las márgenes del río San Jacinto. Santa Anna trató de huir, pero fue hecho prisionero.

En Galveston fue obligado a firmar dos tratados, uno de ellos "secreto", sin validez oficial, ya que Santa Anna no era Presidente en ese momento y, por lo tanto, no tenía facultades para llegar a ningún acuerdo oficial. Según este tratado, el militar mexicano se comprometía a no volver a levantarse en armas contra Texas, mientras que por el otro se obligaba a intentar influir en su gobierno para que se reconociera la independencia texana.

Prisionero durante siete meses, Santa Anna fue llevado a Washington ante el Presidente Jackson. En los compromisos que contrajo con el gobierno norteamericano a cambio de su libertad en este episodio y en sus acciones posteriores durante la propia guerra, se fundamenta la acusación de traición a la Patria, ya que muchos autores concluyen que él fue responsable de la derrota de México al ayudar directamente al triunfo del enemigo.

Texas, fue reconocida como nación independiente por Estados Unidos en 1837. Durante la Presidencia de James Knox Polk, Texas se anexó a Estados Unidos el 29 de diciembre de 1845, cuando el Congreso lo aceptó como estado de la Unión.

Por lo anterior, México rompió las relaciones diplomáticas con el país del norte. Así, en defensa de su soberanía, el 7 de julio de 1846 México declaró la guerra a Estados Unidos.

Tras las derrotas del Ejército Mexicano en Sacramento, Veracruz, Padierna y Churubusco, se solicitó un armisticio. El gobierno mexicano rechazó entonces un proyecto de tratado mediante el cual se hubiera cedido a Estados Unidos no sólo Texas, sino también las Californias, Nuevo México y una franja territorial que correspondía a los estados de Sonora, Chihuahua, Coahuila y Tamaulipas.

Roto el armisticio, se sucedieron nuevas derrotas ante las fuerzas del general Taylor, quien tomó Molino del Rey, donde de acuerdo con José Lino Alcorta, ministro de Guerra y Marina, las fuerzas nacionales se batieron "con toda la decisión que inspira el honor, la justicia de la causa que se sostiene y el deseo de reparar pasadas desgracias".

Los norteamericanos procedieron entonces a bombardear el Castillo de Chapultepec, el cual era defendido solamente por los generales Nicolás Bravo y Felipe Xicoténcatl, al mando del Batallón de San Blas y de jóvenes alumnos del Colegio Militar. La batalla se llevó a cabo el 13 de septiembre de 1847 con un intenso bombardeo que comenzó desde las cinco de la mañana y concluyó a las siete de la noche.

En un enfrentamiento a todas luces desigual, puesto que Santa Anna se había negado a enviar refuerzos al Castillo, los estragos sobre la construcción fueron cuantiosos. En la batalla murieron los jóvenes estudiantes del Colegio Militar quienes, de acuerdo con los testigos, fueron los últimos soldados que sostuvieron la defensa del Castillo. Ello simboliza la defensa heroica de la Patria.

La mayor humillación en la historia de de México ante Estados Unidos ocurrió el 14 de septiembre de 1847 cuando ondeó en Palacio Nacional la bandera de las barras y las estrellas. Dos días después Santa Anna renunciaba a la Presidencia de la República y su lugar era ocupado por Manuel de la Peña y Peña. La resistencia de los habitantes de la capital fue valiente, pero de hecho la guerra estaba terminada.

Después de tener ocupada la capital de la República diez meses, obligado por la fuerza de las armas, el gobierno nacional firmó el Tratado de Paz, amistad y límites entre México y Estados Unidos en Guadalupe Hidalgo. México perdió Texas, la porción territorial de Tamaulipas situada entre los ríos Nueces y Bravo y los estados de la Alta California y Nuevo México y recibió quince millones de pesos como indemnización de guerra. El Tratado fue firmado por Bernardo Couto, Miguel Atristáin y Luis G. Cuevas, por la parte mexicana, y por Nicholas Philip Trist, por parte del gobierno norteamericano, el 2 de febrero de 1848.

Por el Tratado de Paz, amistad y límites de Guadalupe Hidalgo México se vio desposeído de más de la mitad de su territorio.

Esta es parte de nuestra historia en la maldita vecindad con Estados Unidos. Por eso quien ocupe la Casa Blanca da lo mismo.

Ya lo decía el republicano John Foster Dulles, secretario de Estado durante el mandato del presidente Dwight D. Eisenhower: "Los Estados Unidos no tienen amigos sino intereses".